Posteado por: sergiotrabucco | julio 31, 2007

Encuentro y desencuentro- (Carpentier, Neruda) Miguel Littin



ENCUENTRO Y DESENCUENTROS

Por Miguel Littín

Publicado por: http://www.Argenpress.info 2/1/2005

“Afirma Alfonso Reyes que antes de ser descubierta,
América ya era percibida en los sueños de poetas y
visionarios”
.

Hablar de Alejo Carpentier y de Neruda es adentrarse en lo más profundo del alma americana; en efecto, ambos son fundadores de nuevos universos, reconstruidos, a partir de los fragmentos de civilizaciones destruidas por el afán de colonizador de quienes, deslumbrados, no supieron o no pudieron asumir las nuevas proporciones físicas y metafísicas que el nuevo mundo les proponía: tal es el desafío no asumido por el hombre en la historia humana.

A una construcción, sigue la destrucción: El cíclope solo puede ver con un ojo.

Carpentier y Neruda construyen su obra a partir de la visión de los vencidos. Uno transfigura el tiempo y ve la realidad a través de lo que llama ‘lo real maravilloso’.

El otro; Neruda. Se aleja de las ruinas de cemento e internándose en la atroz maraña de las selvas perdidas, llama a nacer de nuevo a su hermano americano perdido en las tinieblas de tiempos olvidados.

El hijo del arquitecto y el hijo del ferroviario fundan de nuevo la utopía y sueñan con mundos en que el sentimiento prima sobre subordinaciones burocráticas.

El reino de este mundo, Crepusculario, El siglo de las luces, Canto general de América, El arpa y la sombra, Concierto Barroco, Plenos poderes y El recurso del método, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, La lámpara enterrada, Memorial de isla negra; títulos anunciadores de un mundo que renace del olvido y proyecta una luz autónoma de continente que busca su Ser derribando vasallajes ideológicos, e innovando el idioma, acercándolo al hablar cotidiano de las gentes y encontrando en la acción de los pueblos y en el devenir de su historia los basamentos para establecer su identidad.

En Carpentier ya no hay el retrato superficial de la realidad evidente, la historia no es sino el pretexto para buscar en los meandros secretos del alma colectiva las señales de una estética propia cuyos basamentos lo encontramos en lo real maravilloso.

El criollo se extiende y apunta a narrar los hechos universales. El siglo de las luces traslada la revolución francesa al Caribe y la convierte en un hecho universal.

Carpentier hace realidad el sincretismo cultural y religioso, de lo que Martí llamara Nuestra América. Bebe en todas las fuentes de la cultura y del arte universal, pero desde el fondo de la historia surge con una nueva verdad, anunciadora de profecías recogidas en burdeles, callejuelas, tiendas de esclavos, ecos de medias palabras, balbuceos de idiomas que se unieron por la necesidad y el deseo; Babel a la inversa; Dios bíblico confundió los idiomas para confundir a los hombres.

Alejo para iluminar la nueva identidad de los venezolanos, cubanos haitianos, chilenos, peruanos.

El primer magistrado del Recurso del método, que no discurso, echa mano o lengua, a todos los insultos de este continente. Los hijo e puta, pelao, traidor, roto de mierda, conchas de su madre, hijos de la chingada pendejos y cabrones…etc, explotan frente a un ilustre académico francés asombrado frente a lo que no comprende desde su única perspectiva Cartesiana.

Repentinamente aparece frente a sus ojos la verdadera identidad de un personaje quien abandona su máscara y, arrastrado por la furia y la pasión, recupera su verdadera identidad, a través del lenguaje onomatopéyico y gutural que han revestido sus vidas.

Residencia en la tierra

Neruda en Birmania encuentra su Residencia en la tierra. Busca la lámpara enterrada de la antigua sociedad precolombina y en el encuentro de estos fundamentos liga su poesía a la naturaleza; al Amazonas, y el Papaloapan, río de las mariposas.

México le abre un universo que el no ha recorrido y en sus profundidades insondables; mundo en el mundo; soledad en soledad; dolor en dolor; alegría efímera de una historia apenas percibida en la niebla del tiempo, construye su andamiaje poético, se hace universal. Suma experiencia, resonancias e historia a la historia del hombre.

Carpentier y Neruda se hacen universales en la misma medida que comprometen su obra con las causas de la emancipación americana. Ambos reordenan sus mundos y en esa misma medida encuentran independencia creadora.

Ambos se apropian de la cultura humana y transforman la nuestra a partir de una visión distinta. La épica americana en uno, lo real maravilloso en el otro; epopeya y maravilla; conjunciones astrales, movimientos de la luna, equinoccios nupciales, bodas secretas, misterio del lenguaje de la oración, independencia creadora. Ambos únicos, ambos poseedores de estilo y formas multitudinarias.

En ambos, la naturaleza más grande y perdurable que la memoria humana, le marca y signa sus obras. Este es el aire de mi aire, Peralta, exclama el primer magistrado -de Carpentier, el aire que me hace ser cada vez más presidente, y presidente, mi general, le responde el eco del viento en la montaña, mientras él se mira como en un gran espejo, en la geografía que se extiende frente a sus ojos.

El aire de mi aire, cuántas veces perdido en lugares remotos de la tierra, añoro el aire chileno cubano andino tropical de mi AIRE.

Antes que la casaca y la peluca, fueron los ríos, ríos arteriales dice Neruda en el Canto General. Antes de todo el hombre, de las batallas y conquistas, fueron los ríos, ríos arteriales de las venas de una América que comienza a ser en la medida que Alejo exige que se le nombre montaña a montaña, río a río, cordillera a cordillera…

Ambos padres de esta AMERICA, son hombres de obsesiones organizadas, ligadas al idioma y a los sueños, enredando sueños dice Neruda, anoche tuve un sueño exclama Alejo. Ambos buscan los sonidos, la música de una sinfonía aún no compuesta.

Uno le pide al aire que no se detenga, que no se venda, el otro deja las señales de sus pasos perdidos en el transcurrir de las aguas.

Identidad

Hombres totales, construyen con ardiente paciencia la identidad de un continente que aún permanece silencioso tras el umbral de la historia moderna.

Sus encuentros y desencuentros no son gratuitos, ambos pertenecen a una generación magnífica; García Lorca, Rafael Alberti y Machado, Miguel Hernández, Paul Eluard, André Bretón, Tristan Tzara, Picasso, Buñuel, George Sadul. Surrealistas, innovadores y revolucionarios en el arte y la sociedad.

El barroco es propio de los tiempos convulsos, tiempos donde hay transformación, mutación, innovación. El espíritu criollo de por sí, es un espíritu barroco, declara Carpentier, y consecuentemente lo lleva a su obra esculpiendo la historia en un lenguaje de embrujamiento y magia.

Ambos viajan a sus orígenes, regresan a la semilla, al maíz. A sus tierras calurosas, a sus montañas irregulares. El uno en las raíces indígenas, el otro en la herencia africana, beben en la historia; las crónicas de indias son sus fuentes predilectas; el pasado es necesario para construir un presente y, sobre todo, una identidad difusa. Lo americano surgirá en sus obras con la fuerza de los descubrimientos de una sociedad adolescente.

El mundo se está inventando por una generación que no le teme a las palabras ni a los adjetivos, una generación universal que inventa de nuevo el mundo. Al decir de Vicente Huidobro: ‘Poeta, no hay que cantarle a la rosa… sino, crear la rosa’.

Surrealistas que incendian Europa, a los que Carpentier se suma con entusiasmo para descubrir muy pronto, que no es necesario buscar en los objetos inanimados que lo rodean, relojes deformados, mesas de seis patas, bicicletas aladas.

El tiene un tiempo y un espacio histórico donde la magia es tocada por los ojos cotidianamente, una naturaleza aún no nombrada, una historia sin narrar. Sus novelas surgen entonces preñadas de un aliento nuevo, innovador.

Neruda está más cerca del corazón que de la tinta, al decir de García Lorca. Su poesía se nutre de olores, de movimientos del mar, de pescadores y andenes ferroviarios, abandonados como los muelles de una canción desesperada.

Carpentier recupera sus esencias en el olor de un tamal, Neruda en el gusto ácido del congrio, en la oda a la cebolla. En el oro del aceite y la fritanga. Más que surrealistas son ya SURrealistas, y su obra comienza a ser ya definitivamente Latina.

Hombre universales, participantes activos de un mundo en mutación. Buscan en sus raíces, haciéndose elementales y creando así, en definitiva, los rasgos diferenciadores de una cultura, que le darán forma y contenido a un mundo recién inaugurado.

No en vano Alejo asegura en El reino de este mundo: ‘La grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es, imponerse tareas. En el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite.

Por ello agobiado de penas y de tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre solo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este mundo’.

Sin duda este párrafo antecede toda una literatura que está por escribirse, al mismo tiempo que define una actitud frente a la vida. El reino de este mundo pleno de tareas, utopías y obsesiones permanentes, mundo sin concluir, apenas iniciado.

A su vez, Neruda exclama: ‘Yo creía que la ruta pasaba por el hombre y de allí salía al destino’.

Y ese es un rasgo que los encuentra nuevamente. La confianza en la aparición de un mundo distinto; la utopía revivida. La tarea con mayúscula de CARPENTIER, estableciéndola como meta del humanismo da respuesta a la trágica sentencia del mundo indígena consignada en los códices mayas. ‘Nos dejaron como herencia una red de agujeros’.

Mi experiencia personal

La relación de ambos con el Cine se manifiesta de maneras distintas, Alejo descubre en la radio un instrumento de comunicación directa y la utiliza con prontitud, al mismo tiempo siente por el cine una fascinación que lo lleva incluso a doblar la voz de actores como Jean Gabin al español.

Participa en proyectos con Jean Louis Barrault y firma un contrato para la realización de los pasos perdidos con Tyrone Power… Película que nunca se realizaría y cuyos derechos quedaron atrapados en marañas burocráticas a la muerte del actor.

De Neruda en ese tiempo solo sé que efectuó algunas incursiones. Mas que nada, entrevistas absolutamente olvidables. Sin embargo, mi experiencia con ambos fue extremadamente enriquecedora. Conocí a Neruda antes de los 20 años, y me es difícil explicar qué representaba para mí, admirador de Gabriela Mistral, de Huidobro, y también de su archi enemigo literario Pablo de Rocka. El representaba el ideal artístico y el compromiso político en su sitial más alto.

Me acerqué durante un acto en que el Partido Comunista premiaba a los que considera el talento artístico del futuro; el diploma me lo entregó Neruda. Aproveché rápidamente el momento efímero en que estrechaba su mano para pedirle una cita.

Vaya a mi casa a las seis, me dijo, a mi casa de Marqués de la Plata, inmenso desafío no solo por la hora, sino por la inmediatez de la respuesta, y allí estuve esa madrugada en su casa, a los pies del cerro San Cristóbal.

Nuestro encuentro fue un largo recorrido por los vericuetos de la casa que se aferraba a la montaña como un tigre arañando el tiempo. Joven, me dijo, yo soy el único escritor profesional que hay en Chile. Yo lo escuché perplejo, no sé si dijo confesional, profesional o vocacional; luego me mostró objetos pertenecientes a los grandes de la historia social en Chile; ese objeto perteneció a Recabarren.

Esta bandera la enarbolamos en las campañas del norte junto a Lafferty. Y en minutos se produjo la conjunción de poesía e historia, poesía del amor y la lucha, poesía del combate social y de la memoria, cuando subíamos escalón a escalón por los escarpados senderos de la casa recordé las alturas de Macchu Picchu. ‘Pusiste piedra en la piedra y en fondo una lágrima, carbón sobre carbón y en fondo el rojo goterón de la sangre. MACCHU PICCHU devuélveme al esclavo que enterraste’…

Yo le hablé de mi pasión por el teatro y por el cine; él me habló de la ‘Sal de la tierra’ (la mítica película de los tres desterrados de Hollywood: Ribermann, Jarrico y Michael Wilson) y luego añadió: está por venir a Chile Joris Ivens, llamado El holandés errante; quiere filmar en Valparaíso… búsquelo, me dijo, y después hablamos, y se perdió subiendo lentamente por las escalinatas de su casa, sembradas de flores y de objetos que explotaban en luz y en colores esa mañana inolvidable.

(Tiempo más tarde me iniciaría en el cine siendo el tercer asistente en Valparaíso de la película que el gran maestro realizó en Valparaíso, precisamente).

Muchos años después Alejo estaba en México y esa tarde yo volaba a París, necesitaba hablar con él, lo hizo Ely, hablaron del Recurso del método, novela recién aparecida y que yo había devorado y naturalmente quería adaptarla para el cine.

Alejo, sin conocerme, aceptó y yo recibí alborozado la noticia mientras estaba en Europa.

Comencé a trabajar de inmediato y concertamos una cita. A las siete en punto, me dijo lacónico a través del teléfono, y meses después y a las siete en punto estaba yo, frente a la puerta de su departamento, y no alcancé a tocar el timbre y la puerta era abierta por un sonriente Alejo, que me estiraba su mano diciendo: ‘Así me gustan las citas, puntuales’.

Observé el departamento sobre una pequeña mesa, estaba el retrato de Neruda, otra foto con Carlos Fuentes, otra con un sonriente García Márquez. Comenzamos a trabajar. Admirable, Alejo describía personajes y ambientes con precisión y gracia, amplias frases que envolvían la tarde parisina y situaba con elegante precisión a sus personajes en la selva, en palacios de grandes columnas, en teatros donde cantaba Carusso, mientras bajaba en las bolsas el precio del banano, en el París de los 20, donde ningún latinoamericano dejaba de ir al Chavane, el más suntuoso burdel de que se tiene memoria en Occidente.

Ninguno que no tuviese un duro en los bolsillos dejaba de sentarse en sus aterciopelados sillones; El Chavane, donde cada habitación estaba decorada de forma diferente: asiática, árabe, diosechesca, egipcia, tropical, las mujeres más exóticas y bellas de este mundo.

Chavane… evocativo de un mundo donde los Cholos de Mendoza, los Peraltas, los primeros magistrados, los ex generales, rastacueros criollos en París, como los de la novela de Joaquín Edward Bello, se enceguecían frente a la belleza de un mundo ofrecido a sus ávidas miradas.

Todo en Alejo, en sus palabras, eran imágenes y el filme se desplegó frente a nosotros. Real retablo de maravillas, plenas de vírgenes americanas.

Tan hembras y señoras, reinas del Amazonas, Patronas de los Ejércitos, reinando sobre los Andes, sobre indios y criollos; vírgenes negras, vírgenes de turgentes pechos, de miradas sugerentes, vírgenes cargadas del erotismo propio de la prosa de Carpentier y coronando la rotunda afirmación: ‘Vírgenes tenemos nosotros’.

El nosotros, fundamento de su obra, reivindicación de su ser americano, plural, abierto al ideal, renacentista.

La obra de Carpentier y Neruda está impregnada del internacionalismo que se llamó proletario y que hoy retrocede ante el poder dominante de la globalización empresarial, tan de moda en un mundo en que las ideas parecen declinar frente a la fuerza de los poderosos.

El nuevo cine latinoamericano nace influenciado por los padres tutelares de la nueva identidad, de allí que es nuevo. No por la cronología, sino por las ideas y la estética de los padres fundadores, Alejo y Neruda entre los principales.

Y por ello sus presencias están en los grandes trazos de planos lujuriosos buscando en el aire del trópico a sus personajes y su historia; de Humberto Solás, a quien conocí soñando con llevar al cine El siglo de las luces, e identificado con sus personajes; o a Manuel Octavio Gómez con El camino a Santiago, libro que podía recitar de memoria en las calles de Moscú bajo un invierno de varios grados. En la picardía de Las aventuras de Juan Quinquín, de Julio García Espinosa.

Recuerdo a Titón obsesionado con Los pasos perdidos, o a Alfredo Guevara, alentando todo proyecto en relación con Alejo.

Neruda, en cambio, daba entrevistas en Isla Negra, en atardeceres de otoño y frente a los rugidos de un mar Pacífico, donde las olas se estrellaban furiosas contra las rocas. Matilde, ataviada de largo vestido verde, cantaba guitarra en mano las Tonadas de Manuel Rodríguez -señora dicen que donde mi madre dice dijeron, el agua y el viento dicen que vieron al guerrillero-, y el poeta alzaba una copa frente a cámara y brindaba a sus remotos lectores, sin saber que estaría presente en la imagen de Cantata de Chile y en La tierra prometida, entre decenas de filmes que registran el vuelo de los cóndores y en los recios personajes esculpidos en la piedra de Jorge Sanjinés.

Cuando afirmamos que nacería una nueva estética, una mirada nueva para ver el continente. La cámara en mano y la idea en la cabeza, nuestra memoria estaba impregnada de las imágenes y sobre todo de las fuerzas motrices de estas vigas maestras del Ser: Renacentistas; Voluntad; hombres de ideas, no de creencias.

Han influenciado todo el quehacer del cine, la literatura del continente; de modo tal que ellos ya pertenecen a la memoria colectiva, son parte substancial de nuestra cultura y cuando, al parecer, estamos al borde del abismo global, sus obras sustentan los rasgos, que al hacernos diferentes nos otorgan la única posibilidad de Ser, sumando, no borrando, nuestras visiones a la mirada del hombre universal… Señales en el agua, señales en la arena, señales en el viento, en el color del mar, en el frío o el calor de las madrugadas preñadas de sueños y utopías inmortales. Identidad en suma.

Nos estamos haciendo gente

Sentados en el palco oficial del festival de Cannes, presentando El recurso del método, Alejo sonrió y me susurró al oído -‘Nos estamos haciendo gente’, aludiendo al comentario del primer magistrado en la temporada de opera que inauguraba Carusso, en el pasaje de su famosa novela.

Y he ahí unos de sus rasgos sorprendentes: El humor frente a toda circunstancia, por solemne que ella pareciera… Mientras transcurría el filme, en la oscuridad, no dejaba yo de sonreír.

Neruda en cambio era de apariencia solemne, lento y de silabas ceremoniales. Cuando vio el Chacal de Nahueltoro, me invito a su casa de la calle Marqués de la Plata, llamada con el tiempo La Chascona’… Era el otoño y mientras caían las hojas y cubrían el patio, me hablaba de las piedras del río Ñuble, de la niebla de Chillan, de los rieles del ferrocarril, efímeros como el destino. Yo absorto, escuchaba como el me contaba en el filme que yo había filmado, y quizás esta fue la primera vez que yo realmente lo vi.

Luego de terminar La tierra prometida, el año 73 en el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos). Volvía yo de Moscú, donde fue presentada la película en medio de una indiferencia total, sólo explicable por haberme negado a cumplir una exigencia echa extemporáneamente en los pasillos, por unos de los representantes del Festival.

Usted debe cortar de inmediato la frase de Guevara… -el funcionario, se refería naturalmente al Che -al fin de la película: ‘De los que no entendieron bien, de los que cayeron sin ver la aurora, de sacrificios ciegos y no retribuidos también se hizo la revolución’…

‘También se hizo la revolución…’ Ante mi tajante negativa y mi ofrecimiento de retirar el filme de inmediato del festival, se me respondió con la indiferencia total. Neruda vio el filme junto al presidente Allende y me invito nuevamente a ISLA NEGRA, y allí me planteó realizar 10 cantos al estilo de la tierra prometida para proyectar en sitios abiertos, estadios, calles, plazas. De inmediato nos pusimos a trabajar en el guión de lo que se llamaría el Canto general a Chile. Decir que era el final de agosto del 73 y los primeros días de septiembre, ahorra todo comentario.

Estoy cierto que los rasgos de ambos creadores están presentes en la gran mayoría del cine latinoamericano, los he encontrado en los más brillantes y logrados filmes, hasta en los más modestos de cinematografías que recién comienzan su andadura.

La huellas y la herencia

Neruda y Carpentier, autores por definición, rastreadores en la historia oculta, plenos de luminosidad, dejaron sus huellas y signos inequívocos de su creación en generaciones de latinoamericanos que aprendieron a ver el mundo a través de una óptica cultural inédita. Ambos recreando la historia, iluminan las sombras del pasado; y es en su reconocimiento que podemos proyectar el futuro.

El gesto

Un gesto, a veces, habla por mil palabras. Me contaba el inolvidable Saúl Yelin que, escribiendo Alejo La consagración de la primavera, le acompaño a Bahía Cochinos, y Alejo, inclinándose sobre la tierra, tomo un puñado de ella y allegándosela a las narices, se impregno de su olor, aspirándolo profundamente. Eso fue todo. Luego no se refirió al hecho durante el largo camino del regreso.

Neruda, después de ver y caminar por las callejuelas y escalinatas de Macchu Picchu, se alejo de sus acompañantes y estuvo horas solo, sin hablar, mirando hacia la montaña que rodea la ciudad sagrada. Serían sus obras las que hablaran y se quedaran en la historia.

Imposible penetrar el misterio de la creación, solo podemos aspirar entender sus fundamentos, y uno de ellos fue el amor con mayúscula; amor tormentoso en uno; pasiones desbocadas en el otro; figuras de mujeres capaces de entregar en una noche de amor las llaves y las naves para descubrir un mundo; Colón, moribundo, recuerda en El arpa y la sombra, sus madrugadas de pasión con la reina pelirroja que le abriría las puertas de la gloria, pero que sin embargo le reclamaría la falta de oro y la abundancia de loros moquillentos, plumas y trajes diseñados por un modisto italiano para vestir a tantos indios desnudos, únicos trofeos que Colón podía mostrar en el reino.

Trofeos que no hacían sino dejar más al desnudo el esqueleto del Almirante. Neruda, en cambio, en los Versos del capitán ofrece a su amada derribar puertas, descerrajar ventanas; tal es la pasión que lo invade en noches de gran melancolía, ofrece escribir los versos más tristes esta noche, y exclama:

‘Es tan corto el amor y es tan largo el olvido’. Carpentier, luego de un largo silencio, regresa a la literatura en una gran pirueta magistral, plena de humor, en la cual renace casi adolescente; picardía y la capacidad quevediana de reírse de sí mismo y de casi todo el mundo incluyendo la historia oficial y sus falsos recursos.

En ambos presente la obra de Alfonso Reyes y sospecho detrás de la puerta la presencia de Vasconcelos. Y es el sentimiento del amor desmesurado; Amor, amor, amor americano, amor de marineros que besan y se van, amor por la tierra, obsesión por las selvas exuberantes, por la historia descubierta, amor por esta América, amor por el idioma; jamás el español fue tan rico, tan sustancioso, como cuando el verbo fue conjugado por el novelista y el poeta. Tentativas del hombre infinito y Carpentier escribe poesía, y Neruda intenta la novela.

Ellos rehicieron el idioma, unieron las regiones, establecieron la lengua de todo un continente y, más allá, la conquista llega a su fin cuando Carpentier reúne todas las formas, revuelve todas las palabras, junta de aquí, de acá, enhebra. Enreda sombras nerudianas y surge este idioma nuestro, libre ya de toda vasallaje; sincretismo que abre las puertas a otro momento de la historia; con ellos desaparece el habla pequeñita del colonizado y surge magnífica la nueva lengua sin sombras ya. Luminoso como la naturaleza que describe, vientre preñado de lenguas indígenas enredándose en el español, extendiéndolo a un continente y una nueva y portentosa cultura liberada; humanista.

‘Yo creía que la ruta pasaba por el hombre, y que de allí tenia que salir el destino’. Neruda, cito nuevamente: ‘Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera’. Rigurosamente optimista, el reino es de este mundo, siempre, y solo, armados de ardiente paciencia, podremos entrar a las espléndidas ciudades del futuro, así la primavera no abra cantado en vano.

Y pensando, Ofelia, que la tierra es la tierra de la tierra, depositó sobre su tumba, un puñado de tierra arrancado de una platabanda del Jardín de Luxemburgo. El humor de uno sumado a la solemnidad del otro, anverso y reverso de una misma medalla; nosotros; el todo real, épico, maravilloso. El juego de las máscaras, disfraces, humoradas trágicas, paradojas: vivir de noche morir en el día, envolver las verdades en mentiras para encontrar la historia desnuda, moquillenta y tiritando de frío.

Cito a Carpentier:

‘Cuando recuerdo esos tiempos me parece haber vivido en días más largos que horas largas, rugidos del manso, lo de arriba abajo, tinieblas del sol, rugidos del débil, el búho al mediodía’. La realidad tras la realidad, en un juego de espejos infinitos; Velásquez y Góngora, el gran teatro del mundo; Lope y la entrada a los infiernos que es América, pero también, el paraíso. Recién descubierto por el arte y la creación, que es lo más fundamental de todo lo que nos va quedando como herencia.

Neruda y Carpentier, navegantes solitarios, amarraron los cabos sueltos de etnias y culturas diversas y nos otorgaron los signos y rasgos de la identidad de lo que hoy somos; como diría Guillén, el nombre y apellido, LATINO-AMERICANOS.

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